Más de un avispado juzgará improbable lo expresado en el título que precede estas líneas, pero los hechos que a continuación consigno son en un todo verídicos y quien desconfíe de este servidor puede consultar para mayor detalle el Semanario “La Voz de Suipacha” del tercer domingo del último octubre. El drama al que me refiero tuvo lugar en esa localidad, y sus principales protagonistas fueron, a saber: un hombre de unos cuarenta años de edad; su hijo, de tan sólo seis meses de vida; y un centenar de rabanitos de edad indeterminada.
Sin detenernos en los pormenores, vamos ya al meollo del asunto: el hombre en cuestión se levanta un martes a la mañana con el objeto de realizar su tarea cotidiana, esto es, recoger los frutos de la pequeña chacra que posee en las afueras de Suipacha y que sirve como único, no por eso indigno, sustento para él y su pequeño vástago. De la madre del crío no hay mayor información. El muchachito, por su parte, acompaña al padre en sus tareas agrícolas desde que nació; en la medida de sus posibilidades, claro está. Recolectan diversos productos de los frutales y posteriormente se dirigen a la huerta. Hasta aquí todo sucede como es habitual.
Quienes sean memoriosos en cuestiones meteorológicas recordarán que el último octubre fue inusualmente fresco, y este martes a la mañana hasta el sol parece andar queriendo una bufanda. El hombre viene jineteando hace años una neumonía atípica y crónica que le exige protegerse de los descensos bruscos de temperatura, y es por eso que en algunas ocasiones tiene que dejar su trabajo y resguardarse de las inclemencias del tiempo en su rancho durante varios días; hasta que el clima equilibra sus pasiones y le permite volver a sus labores. Mas esta mañana de un martes de octubre la Madre Naturaleza parece haber perdido toda referencia estacional, y en cuestión de minutos el mercurio se entierra en valores bajo cero. Las primeras en sufrir las consecuencias son las lechugas: antes de que el hombre tenga tiempo siquiera de reaccionar, sus hojas se cristalizan y se parten al menor contacto. A continuación los tomates se endurecen como rocas y las zanahorias como estalactitas. Sólo los rabanitos parecen poder sobrellevar los embates del frío y el hombre se apura en hacer acopio de ellos y depositarlos en la bolsa de arpillera que lleva a tal efecto; tratando de salvar al menos esa pequeña porción de la cosecha y no tener que dar por perdida la temporada completa. Pero cuando está por terminar de recolectar las aún intactas hortalizas, su enfermedad lo traiciona y cae fulminado al piso con una rigidez monolítica. El chico queda, entonces, solo de toda soledad.
De la huerta al rancho hay aproximadamente cincuenta metros en línea recta que se convierten casi en ochenta si uno transita el sendero que rodea perimetralmente la plantación. La altura de los vegetales sumada a la dureza que les ha conferido el frío los convierten en una barrera infranqueable aun para un adulto, por lo que el niño decide volver a su casa bordeándolos, por el sendero. Inicialmente intenta llevar a la rastra tanto a su padre como a la bolsa de arpillera con su preciosa carga, pero esto constituye demasiado peso para él y a la hora de optar, obviamente se inclina por su progenitor. Con menos peso el camino no se le hace necesariamente más sencillo, de hecho a los pocos minutos de iniciado el trayecto se levanta un potente vendaval que, además, trae aparejado y de arrastre una enorme cantidad de nubes ciertamente amenazantes. Antes de que el chico llegue a la mitad del recorrido con su padre a cuestas, una tormenta de increíble fiereza se desata sobre él, con un considerable número de truenos y relámpagos.
Es muy posible que hayan caído en estos últimos cuarenta metros de camino más milímetros de agua que en todo el mes de octubre del año anterior, lo cierto es que el chico consigue llegar finalmente a su casa y meter a su padre adentro. Una vez allí, cierra puerta y ventanas y se aboca a encender el hogar, cosa que para ser la primera vez le lleva relativamente poco tiempo. Mientras el ambiente comienza a recuperar centígrados, el muchachito se encarga de sacarle la ropa a su padre, secarlo, y volver a vestirlo con ropa seca. A todo esto, afuera, la furia de los elementos va en aumento; la tormenta y el frío arrecian, y los rabanitos han optado por salir de la bolsa de arpillera. Crece en ellos el resentimiento por haber sido abandonados a su suerte en tales circunstancias y se dirigen a paso no tan veloz como firme al rancho, a reclamar lo que creen que les corresponde. Sin embargo al llegar chocan contra la puerta y las ventanas que están, como sabemos, herméticamente cerradas. En breve pero efectiva asamblea determinan la estrategia a seguir, y pronto uno tras otro se van ubicando en distintos puntos alrededor de la casa. Los grupos de avanzada trepan incluso por las paredes y se apuestan en los alféizares de las ventanas, contra los vidrios, expectantes por lo que está sucediendo en el interior del lugar. Quien, aun con ese clima infernal, tuviese la oportunidad de contemplar la escena desde arriba, recordaría sin duda la imagen de una ciudad sitiada.
El descongelamiento del hombre es lento pero constante, para la satisfacción del niño. Pero pronto el pequeño tiene un nuevo motivo de preocupación, al darse cuenta de que su refugio se halla rodeado por aquellas hortalizas que había debido abandonar como única manera de salvar a su padre. Asustado y con toda razón, decide en ese momento acelerar la recuperación del rescatado en busca de su protección. Le toca un brazo suavemente, y el hombre no responde. Aunque no está despierto, tampoco duerme; más bien está en un estado intermedio que puede calificarse como alfa. Un nuevo sacudón, suave, en el brazo, pero el hombre no responde. No puede hacerlo. Por su volátil conciencia desfilan, aunque de manera fantástica, los hechos que lo han llevado a este estado de cosas: la cosecha en la huerta, la invasión del frío, la pérdida de las verduras, su desmayo, la tormenta, su salvataje por parte de su hijo…
El chico intenta otra vez, ahora lo zamarrea con violencia. El hombre despierta. Le basta muy poco para confirmar que su delirio no era sueño sino realidad: ve su ropa secándose frente a la fogata chispeante; oye la tormenta afuera. El niño tirita de miedo. El padre lo mira y le dice con naturalidad:
-¿Qué pasa?
Al niño le tiembla la voz, y antes de romper en un llanto desconsolado y abrazarse al padre alcanza a decir:
-Acechan rabanitos…
Y el padre estrecha a su hijo en brazos con todo el amor del que es capaz, y es probablemente aquí cuando decide contar todo lo sucedido al Semanario, porque está seguro de haber presenciado un milagro: su hijo, de tan solo seis meses de vida, habla






5 respuestas hasta el momento ↓
Rodolfo // Abril 28, 2009 a 9:55 am |
Excelente! Gran, pero gran relato. Una maravilla de climas, géneros y lo exquisito del absurdo.
Oscar Grillo // Abril 28, 2009 a 11:57 am |
Una vez tuve que animar un rabanito que terminaba comido en la pelicula. Que destino el del rabanito, Che!
Lugo // Abril 29, 2009 a 11:10 am |
Quisiera expresar que recurriendo al inconciente que, por construcción, es y será siempre una virtualidad (si no una comodidad) como un lugar oculto en el que se elabora el sentido, se disuelve todo objeto posible en una “psicología de las profundidades” menos accesible aún a la crítica científica ya que pretende situarse más allá, en la particularidad de la experiencia de un sujeto individual.
También hubo un payaso llamado “Rabanito”, seguramente con menos exito que el texto con que nos deleitás.
Brindo por eso, por tu dibujo y por el exámen de prostata.
altamirA // Abril 29, 2009 a 11:15 am |
Coincido con estas palabras de Lugo, pero NO así con su moral y la tuya.
Salut.
faltabamas // Abril 30, 2009 a 1:24 am |
Rodolfo, qué gusto contar con su opinión! Una alegría, será bienvenido cuando quiera.
Oscar. Sí, un destino amargo, por cierto.
Lugo, no se preocupe por la próstata que su salud sexual y reproductiva es envidiable.
Altamira, como moral no tengo con la tuya me entretengo.
Todos: Graciavó!